por Jorge Orozco

Presentación
El dicho popular la realidad supera la ficción es totalmente aplicable en este caso. Si sois capaces de leer el artículo de principio a fin, os garantizo que lo entenderéis…
Pocas veces en la historia de la música se da la circunstancia de descubrir un compositor olvidado y prácticamente desconocido. El 30 de abril del año 2000, en el Rastro de Valencia, tuve la fortuna de encontrar un importante número de partituras manuscritas originales del compositor y guitarrista valenciano Estanislao Marco (Vall d`Uixó, 1873-Valencia, 1954) probablemente uno de los autores más prolíficos dentro del panorama musical de la época y que, sin embargo, paradójicamente es prácticamente desconocido.

Su intensa vida dedicada plenamente a la música y en concreto a la guitarra, como intérprete, pedagogo y compositor merece ser conocida y reconocida al representar un eslabón fundamental en el desarrollo de nuestro instrumento.
Como concertista de guitarra cosechó innumerables éxitos por toda España, Francia, Portugal y Argelia actuando junto a sus hermanos en el célebre quinteto “El Turia”. Su labor pedagógica se traduce en la formación de numerosos guitarristas, algunos tan famosos como Narciso Yepes y Patricio Galindo, así como la dirección musical de algunas agrupaciones de pulso y púa entre las que destacan la Rondalla Valenciana del Centro Instructivo Musical de Benimaclet y la Rondalla Segarra de Vall d´Uixó. Como compositor fue muy productivo con más de un centenar de obras escritas para guitarra, un método de guitarra, otro de laúd español y numerosas transcripciones y arreglos de diferentes autores.
Introducción
La guitarra española es el instrumento que reúne más señas de identidad de nuestro país y concretamente la Comunidad Valenciana ha sido históricamente un referente mundial por la gran cantidad de guitarristas de calidad que han surgido en estas tierras desarrollando su actividad e influencia fuera de nuestras fronteras, así como excelentes compositores que han dedicado maravillosas obras al instrumento (Joaquín Rodrigo, Vicente Asencio..)
La larga tradición de instrumentos de cuerda pulsada se remonta a la época de los árabes con el uso del laúd que progresivamente será sustituido por la vihuela cuando Luis Milán publica en Valencia en 1536 el primer tratado titulado “El Maestro”. Con la aparición en el siglo XIX del alicantino Trinidad Huerta (1800-1874) y sobre todo del castellonense Francisco Tárrega (1852-1909) se produce un nuevo renacimiento de la guitarra sentando las bases de su posterior desarrollo y evolución. Fueron muchos los guitarristas valencianos formados bajo su influencia y dirección. Algunos tan conocidos como Daniel Fortea (1878-1943), Pascual Roch (1864-1921), Pepita Roca (1897-1956), Josefina Robledo (1897-1972) … y otros no tanto, como es el caso de Estanislao Marco (1873-1954) a pesar de haber ejercido una labor muy fructífera en los campos de la docencia, composición y concierto.

Concierto íntimo en Valencia. Foto Novella, 1906. Archivo del Museo de la Ciudad. Casa de Polo. Ayuntamiento de Vila-real. De izquierda a derecha: Tonico Tello, Pascual Roig, José Orellana, Francisco Correll, Baldomero Cateura. Santa Cruz, Manuel Loscos, Francisco Tárrega y Vicente Puchol
Hallazgo en el rastro
Hay a veces en la vida que todo parece tambalearse al no encontrar una explicación racional, lógica o científica a determinados hechos. Soy el primer sorprendido, aún hoy en día, por la cadena de casualidades sincronizadas que experimenté en el mismo tiempo y lugar hace ya más de dos décadas. Una historia increíble, casi mágica, que ha marcado de forma crucial mi vida personal y profesional, permitiéndome rescatar del olvido una figura clave en la Historia de la Guitarra
Todo comenzó un 30 de abril del año 2000. Aquella mañana soleada de domingo no pensaba salir de casa ya que había llegado el día anterior de una gira de conciertos y necesitaba descansar, pero un acontecimiento inesperado rompió mis planes y cambió definitivamente el rumbo de mi vida. Sin entrar en detalles personales, una ruptura sentimental desencadenó una serie de acontecimientos que aun hoy en día no dejan de sorprenderme.
Al mediodía, roto de dolor y en estado de shock, me trasladé a Valencia, a tan solo 20 km de mi casa, a una dirección muy cercana al estadio de futbol Mestalla, donde entonces ponían el Rastro situado en un parking aledaño.
Era ya casi la una de la tarde y con la mente bloqueada en mis tristes pensamientos recordé que era el cumpleaños de mi madre y decidí ir a comprar un ramo de flores a los puestos de la plaza del Ayuntamiento. Así que me dirigí al centro de la ciudad conduciendo por la Avenida de Aragón y al incorporarme a una gran rotonda que debía atravesar para
continuar hacia la Gran Vía Marqués del Turia, de repente, di un golpe seco y brusco de volante hacia la izquierda, totalmente involuntario, como si alguien que fuera sentado de copiloto a mi lado lo hubiera hecho, desviando peligrosamente la trayectoria del coche para seguir rodeando la rotonda 360º y volverme a situar en la misma avenida, pero esta vez en dirección contraria. Me asusté por mi reacción inesperada y cuanto menos temeraria. Podía haber tenido perfectamente un accidente y colisionar con otro automóvil.
Pero al mismo tiempo sentía la necesidad imperiosa de ir al Rastro, de forma claramente obsesiva, y continuar el nuevo trayecto para zambullirme en la marea humana que conforma ese micro universo de trastos viejos, coleccionistas de objetos curiosos y gente variopinta. Mi mente luchaba de forma contradictoria entre seguir o parar, ir a comprar el ramo de flores o seguir hacia el Rastro, pero la fuerza de atracción que sentía era superior a cualquier razonamiento.
Aparqué precipitadamente en un paso de peatones, arriesgándome a que la grúa se llevara el coche, pero no me importó. Bajo un sol de justicia, algo confundido comencé a andar de forma acelerada entre los desordenados puestos que ya empezaban a recoger y me encaminé, impulsado por una fuerza irresistible, al extremo contrario del trayecto que normalmente recorría en compañía, pero esta vez en completa soledad.


Cuando llegué al final de la calle y di la vuelta para comenzar otra hilera de puestos, leí la palabra guitarra de reojo en un papel tirado en el suelo. Retrocedí sobre mis pasos y me incliné recogiendo la hoja que era de papel pautado. Estaba escrita a mano con tinta y era la portada de un cuaderno de partituras manuscritas. Al abrirlo, comencé a leer las obras, incrédulo de lo que iba apareciendo. Eran partituras originales firmadas por Estanislao Marco a principios de siglo XX. Tuve que frotarme los ojos varias veces y repasar una y otra vez de forma alocada cada una de las páginas que aparecían ante mí. Procedí inmediatamente a rebuscar entre los montones desordenados de trastos el resto de partituras que se encontraban esparcidas entre libros, baúles y ropa usada. Logré reunir más de un centenar de manuscritos fechados entre 1901 y 1954. La cabeza empezó a darme vueltas porque además el autor me resultaba conocido y muy familiar.
La primera vez que escuché el nombre Estanislao Marco fue precisamente en su pueblo natal, la Vall d`Uixó, provincia de Castellón, en 1987, año en que aprobé las oposiciones de profesor de guitarra convocadas por la Generalitat Valenciana y me destinaron a su Conservatorio de Música donde ejercí la docencia durante diez años. Desde el principio, la gente del pueblo me comentaba que había habido un gran maestro de la guitarra llamado Estanislao Marco y de vez en cuando recibí visitas de personas muy mayores que habían sido alumnos suyos, pero con escasa información y sin apenas material interesante que llamará mi atención, tan solo la gran admiración que le profesaban.
Pues bien, retomando la historia, pregunté por el precio al dueño del puesto, Alberto, un personaje amable de rostro curtido, siempre con una guitarra apoyada a su lado y me contestó:
– Las partituras escritas a mano 20 duros, las editadas más caras.
Sonreí para mis adentros y comencé a contar las hojas que superaban el centenar ofreciéndole un precio por todas, que sin titubear aceptó. Mi siguiente pregunta fue saber de dónde procedía el lote y su respuesta fue:
– De un contenedor de basura…
Tantas partituras había que no cabían en una bolsa normal, por lo que tuvo que rebuscar hasta encontrar una lo suficientemente grande y resistente que aguantara el peso, y una vez colocadas, salí de medio lado, feliz y desconcertado por este regalo que el destino había puesto a mis pies.

Rápidamente volví al coche, que de milagro seguía en el paso de peatones, y por muy poco llegué a tiempo para comprar el ramo de flores de mi madre. Después de comer y contarle mi doble odisea, sentimental y musical, me puse a ordenar todos los manuscritos que ascendían a 40 obras originales y más de 120 arreglos y transcripciones de autores diversos.
Cuando llegué a mi casa, lo primero que hice fue coger una guitarra y empezar a tocar cada uno de los manuscritos. La maravillosa música que empezó a brotar de mis dedos se convirtió en un bálsamo reparador para el dolor que sentía en el alma. Cada pieza nueva que leía me traspasaba el corazón y elevaba mí ánimo, pero lo más curioso eran sus títulos: Desengaño, No te olvido, Añoranza, Tristeza, Cariño…
Después, me dispuse a buscar en mi biblioteca la poca bibliografía que existía sobre Estanislao Marco y que se resumía en un artículo que había escrito el investigador Francisco Herrera sobre su vida y obra1 en la revista Ocho Sonoro2 y un disco del universal maestro murciano Narciso Yepes3 donde aparece la primera obra que un compositor le había dedicado, Guajira de su profesor Estanislao Marco al que conoció en Valencia en 1940 cuando tenía trece años. En el disco figura el siguiente comentario:
«Estanislao Marco fue uno de los discípulos predilectos de Tárrega. Yo tuve la suerte de estudiar con él. La escuela de Tárrega se bifurcó en dos, los que tocaban con las yemas de los dedos, y los que se dejaban crecer las uñas. Al primer grupo pertenecían: Estanislao Marco, Josefina Robledo, Salvador García y Emilio Pujol. Al segundo: Miguel Llobet y Joaquín García de la Rosa, con quién también tuve la suerte de estudiar. Él era un anciano y yo un niño de trece años, pero recuerdo aquel contacto como un milagro de mi existencia. Hablamos los dos como si tuviéramos la misma edad. No recuerdo quién se acercaba a quién, pero estoy seguro de que en ese misterio estaba la clave de la corriente que se establece entre discípulo y maestro y por la que pasaban no solo conocimiento y experiencias sino un amor. Esta Guajira es la primera obra que un compositor escribió para mí y yo deseo acabar el disco con ella para rendir homenaje al hombre que deposito su confianza en mí cuando yo era apenas un adolescente. Espero no haber defraudado la suya ni la de ninguno de los que se brindaron a enseñarme lo mejor de ellos mismos.«
Narciso Yepes


Portada y contraportada del disco Músicas de España y América, ZAFIRO, 1989.
Inmediatamente, con ganas de comunicar el increible hallazgo, llamé a Suiza a mi gran amigo Francisco Herrera, gran conocedor del tema y uno de los investigadores del mundo de la guitarra con más información. Por aquel entonces estaba en plena elaboración de su obra magna, la Enciclopedia de la Guitarra4. Gratamente sorprendido, me facilitó el teléfono de uno de los descendientes de Estanislao Marco, su nieto Juan Marco que por fortuna vivía en Valencia.

Con Paco Herrera, Valencia 2001
Tras llamarle y concertar una cita para la semana siguiente, me presenté en su domicilio siendo recibido por él y su mujer Pilar. Después de las presentaciones oportunas pasé a preguntarles qué sabían de su abuelo y sobre todo qué había sucedido con su obra. Me explicaron que tan solo conservaban siete partituras originales de obras dedicadas a algunos miembros de su familia, algunas fotos, unos pocos artículos escritos a maquina y su batuta de director con el mango de plata. Recordaban, con cierta tristeza, que a la muerte de su abuelo en 1954, su mujer Felicitas donó toda su producción, incluida una guitarra, a un sacerdote llamado el Padre Tena5.
Cuando les relaté mi hallazgo se mostraron al principio algo desconfiados e incrédulos, como es natural, contándome seguidamente la experiencia que sorprendentemente también les llevó al Rastro, precisamente, esa misma mañana de domingo, un 30 de abril del año 2000.
El hijo de Juan Marco y Pilar, Alejandro que entonces contaba con 12 años, estudiaba pintura en una academia y cuando regresaron una noche de una de las clases, al bajar del coche cargado con todos los bártulos, se dejó olvidada en un descuido una carpeta con dibujos encima del techo. Cuando se dieron cuenta bajaron a la calle pero la carpeta había desaparecido. Buscaron por los alrededores, debajo del coche, miraron en un contenedor de basura cercano, pero el camión de recogida hacía unos instantes que ya había pasado. Una señora que les observaba con curiosidad se dirigió a ellos para preguntarles qué buscaban y al explicarle lo sucedido les sugirió que el único sitio donde podían seguir buscando era en el Rastro de Valencia.

Pues bien, aquí viene lo bueno. Jamás habían visitado anteriormente ese lugar y el domingo 30 de abril, muy temprano, la familia Marco se encamino a la búsqueda de los dibujos perdidos. Peinaron toda la zona, puesto por puesto, removiendo papeles buscando los dibujos perdidos desde primeras horas de la mañana hasta el mediodía avanzado, en que agotados, exhaustos de calor y sin esperanzas, decidieron desistir. Sobre esa hora aparecí yo. Es muy posible que nos cruzáramos en el camino sin sospechar que nos uniría el destino esa mágica mañana de domingo.
Al preguntarles si había más material de su abuelo recordaron la existencia de unos cuadernillos que contenían sus memorias y unos libros con recortes de prensa de su vida como concertista, pero se lamentaban de no saber su paradero a pesar de haber buscado a conciencia por todos los lugares posibles. Este material había estado en poder del único hijo de Estanislao, Manuel Marco y su mujer María Domingo, fallecidos en 1970 y 1998 respectivamente. La casa que habitaron había sido registrada minuciosamente sin ningún resultado. Pensaban que a lo mejor alguien se lo podría haber llevado prestado en su momento y finalmente nunca devuelto.
De pronto, sentí con plena convicción que el material del que me hablaban se encontraba en esa casa y les insistí que debían seguir buscando en el domicilio donde seguro lo hallarían. Yo mismo me brindaba a ayudarles. He de confesar que la seguridad con la que yo hacía esas afirmaciones me sorprendía a mí mismo. Al final, no sin cierta resistencia ya que el registro de la casa había sido total, accedieron a volver y efectuar una nueva búsqueda repleta de escepticismo.
Al cabo de unos días recibí la llamada esperada. Llenos de júbilo y muy sorprendidos me comunicaron que habían encontrado todo el material extraviado. No se lo podían creer. Inmediatamente me desplace a su casa y pasaron a relatarme este feliz hallazgo completamente asombrados, muy contentos y también, porque no decirlo, con cierta dosis de temor. Entraron en el piso y Juan, entre protestas y negativas, se dirigió al comedor mientras que Pilar se adentro en el pasillo que daba a las habitaciones y entonces cayo en la cuenta de un armario altillo que había en la parte superior. Con la ayuda de una escalera consiguió abrir las puertas y ante ella apareció una caja de cartón cerrada con una cinta. Deshizo el lazo y al abrirla contempló lo que tanto habían buscado. Todo ordenado se encontraban sus memorias manuscritas en cinco cuadernillos, libros con recortes de prensa, informes de los gerentes de los teatros, programas, etc. Al enseñarme la caja con estos nuevos tesoros, sentí que tocaba el cielo. Se trataba de las piezas que faltaban para completar el puzle de su vida y conocer realmente la entidad y calidad del gran maestro de la guitarra.
De pronto, la mirada de Pilar se clavó en mí y soltó :
– Tu eres la reencarnación del abuelo.
Empezamos a reírnos, porque la verdad, tantas casualidades no eran normales.A partir de entonces inicié una investigación que llega hasta nuestros días recuperando un importante número de partituras inéditas para nuestro rico patrimonio musical valenciano, dando como resultado la grabación y edición de sus obras en cuatro volúmenes, una película documental y la divulgación de su música a través de conciertos por escenarios de medio mundo.
“Somos como islas en el mar, separadas por la superficie, pero conectadas en la profundidad”
Williams James
Para terminar, aquí presentamos una muestra, a modo de trailer, del documental sobre Estanislao Marco que próximamente publicaremos:
